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Un canto de sirenas



Por Jorge García | Chiloé


Un canto de sirenas hace ecos en el mar, 

un canto de sirenas. ¿Las oyes, capitán? 

Te indican, seductoras, que remes donde dicen,  

te invitan a estrellarte contra los arrecifes.  

No cubras tus orejas, que no hay tapón que sirva; 

si ya las has oído, tendrás que resistirlas.  

Entiéndelas primero, combátelas después; 

y parte distinguiendo que sus voces son tres.  

La que suena más vieja, deformará el pasado, 

confundirá tu historia y hará turbio lo claro.  

Dirá que el reyezuelo dio júbilo a su gente, 

dirá que hubo riqueza en fabricar billetes.  

También que quemar templos fue un costo inevitable 

y que el Gran Terror Rojo fue un Gran Salto Adelante.  

Enjuiciará a los justos por todos sus errores 

y a los que fueron ruines los vestirá de nobles.  

La segunda sirena habla aún más que la otra; 

compensa así el presente grotesco que pregona.  

Dirá, para empezar, que todo es relativo, 

que puede verse el arte hasta en un sucio piso.  

También que hay tantos sexos como islas en el mar, 

que la naturaleza fue un mito patriarcal.  

Que es más digno un obsequio que un modesto trabajo 

y que para ser ricos hay que pedir prestado.  

La tercera sirena no se ve como Ariel: 

tiene dos piernas chuecas y rostro de jurel.  

Aquel que no la admire sufrirá su veneno,

lo llamarán binario, fanático y violento.

Suele cantar en versos muy simplones y enjutos

pues no hay cosa más fácil que inventarse un futuro.  

Pedirá a quien la escuche que siga a sus hermanas,

que transforme sus cantos en una carta magna.

Muchos ya han creído en esta melodía; 

ocho de cada diez, si es cierta la noticia. 

Derivan estos nautas por traicioneros mares.

Tiraron por la borda brújulas y sextantes. 

Se enojan con los vientos y destruyen sus velas; 

intentan todo excepto dudar de las sirenas. 

Pues quien a ellas corea no solo habrá mentido: 

será náufrago eterno y su propio enemigo.  

Pero no sientas miedo de aquel canto impostor: 

si este navío es tuyo, también lo es el timón.  

Permíteles que mientan, que sus lenguas se agoten; 

y, si ves otros barcos, señálales el Norte.  

…El mar está revuelto en tormentas sin fin;

se han nublado los puertos del que fue tu país.  

Pero aunque haya sirenas, navega sin perderte 

y el alma de tu patria perdurará por siempre.