Por qué le creemos a un mentiroso



Hace años, me hago esta pregunta: cómo es que las personas le creen (le creemos) a la clase política. Alguien puede decir que esto no es cierto: que los políticos tienen poca o nula credibilidad, que las instituciones se están yendo.


al carajo. Pero no es verdad: en la práctica, votamos por los políticos. Creemos en sus promesas, aunque sean las mismas que han hecho los anteriores, y hayan sido incumplidas. La reelección es algo que ocurre con bastante frecuencia, etc.


En otras palabras: hablamos mal de los políticos, pero una y otra vez, les damos crédito, pensamos que nada se pierde con darles una oportunidad.


¿Por qué pasa esto? ¿Cómo pasa esto? Es importante darle una vuelta, porque es la única forma de romper el círculo… y lo digo porque vemos lo que pasa en Sudamérica: un desastre, pero un desastre que los propios ciudadanos causan. El último: la reelección de un presidente de Brasil (Lula Da Silva), que estuvo preso… involucrado en el caso de corrupción más brutal de la última década.


Para empezar, tratemos de responder a la pregunta de cómo pasa esto:


Lo primero que hace un político que quiere votos, es detectar un problema social. Esto es lo que le da ventajas a unos por sobre otros: “tener calle”, como se dice habitualmente. Reconocer conflictos humanos y ser capaces de representar esos sentimientos.


Ese problema social convoca a grupos de eventuales votantes: por ejemplo, las mujeres.


Qué dificultades enfrentan hoy: muchas, han sido abusadas sexualmente (me atrevo a decir que tanto o más que el pasado). Muchas también que han crecido con un padre ausente: no recibieron amor ni protección de quién debía cuidarlas; otras, han debido criar solas a sus hijos… estos son problemas reales, no son inventos de las activistas políticas del feminismo.


¿Pero… qué hace entonces el político, las activistas feministas, que en definitiva son políticas?


Denuncian el problema, describen cómo se sienten las mujeres, hablan en primera persona además, generalmente como si fueran ellas las afectadas principales por este tipo de situaciones; y por la vía de la denuncia, conectan emocionalmente con las mujeres que efectivamente han padecido alguno de estos dolores.


Pero esta conexión emocional no es un detalle: todos sabemos que cuando tenemos un problema, el solo hecho de sentirnos comprendidos, nos alivia. Esa es la función del discurso político: dar consuelo y esperanza.


El problema, la trampa, se produce cuando ese “sentirse comprendido” se confunde con la capacidad de resolver los problemas. La supuesta empatía del político (o la empatía real, no importa) se asume como garantía de eficacia: ya que me entiende, puede hacerse cargo. Y esto no es así: de hecho, Piñera tiene más capacidad ejecutiva que Boric, pero Boric es más talentoso a nivel de discurso.


El problema es que cuando el político logra resultados en esta etapa, en el discurso, tiene prácticamente ganada la elección… o sea, podemos tener un chanta en el poder, y empiezan entonces las críticas… pero resulta que fuimos nosotros quienes los elegimos.


En el fondo, el político usa las necesidades o el dolor de las personas, para acceder a cargos: eso es lo que debiéramos pensar cada vez que los vemos “ponerse en el lugar de otros” o “victimizar a otros” …


¿Y cómo sigue la historia? El político señala a un culpable (chivo expiatorio) de los males sociales: nunca es él, nunca son los de su sector político, nunca es el Estado, nunca son las propias personas.


La estructura de su discurso es: por una parte está el ciudadano (víctima), oprimido por un grupo o una persona (que es su victimario) y el político (que se presenta como el redentor)


Pero ante ese discurso, es el ciudadano quien debe elegir si le cree o no al político


La disyuntiva es: ¿le creo o no le creo que la responsabilidad de mis problemas la tienen otros? Y también ¿le doy o no le doy la oportunidad de hacer lo que me promete?


Y sea lo que sea que digamos, lo cierto es que una y otra vez les creemos, y una y otra vez les damos oportunidades. Porque ellos no llegan solos al poder, llegan con votos.


Pero ¿por qué? ¿por qué volvemos a creer?


Por una razón muy simple: la oferta que nos hacen, la estimamos inofensiva: algo así como ‘no pierdo nada’ con achacarle mis problemas a otros, y darle al político un voto de confianza… Puede que yo esté mejor, o que siga igual, pero ‘no pierdo nada’, equivalente a participar de un concurso. Quizá no ganemos, pero no perdemos si participamos.


Y así es como el político gana con esta estructura retórica, la elección. Accede así a un sueldo alto garantizado, no sujeto a resultados y sin costos en materia de responsabilidad…


Pero ¿es cierto que no perdemos nada? ¿es cierto que nada cambiará en nuestra vida, si pensamos que todo lo malo que nos pasa, viene de otros, o que eligiendo a tal o cual candidato, a los sumo sufrimos una decepción más?


NO. NO Y NO


Si yo no me supero, si no aprendo a detectar de qué progresar o aumentar mis ingresos, por ejemplo, y me instalo en la idea de que en mi carrera se gana poco, no puedo competir con gente que tiene empresas más grandes, o recursos que invertir, o bien, yo no soy bueno para ganar plata, etc. hay una sola cosa segura: no seremos capaces de progresar. Ni siquiera un poco, incluso aunque los obstáculos que yo veo sean reales.


Por eso, culpar a otros, y quedarse en esa posición, es gravísimo… y por eso es tan irresponsable, tan inmoral, la conducta de los políticos cuando no hacen esfuerzo alguno para contribuir a que las personas sean autónomas.


Pero hay más: cuando llega al poder, el político sigue necesitando recursos, para poder perpetuarse. ¿Cómo lo hace? Usa todos los fondos públicos posibles, para asegurar lealtades (la tarea política deviene así en un permanente acto de campaña). Favorece a amigos, o grupos de interés que en proceso de elecciones, contribuirán a la causa, porque tienen intereses comprometidos (cargos públicos y financiamiento a ONG se transforman en una caja pagadora de favores). Para los efectos de comprar voluntades, el político nunca propone reducción de gastos; disminución de impuestos o mayor libertad (libertad de elegir, y de no estar sujeto a arbitrariedades) porque ninguna de esas medidas contribuye a aumentar su poder, sino a limitarlo. Además, la reducción de gastos significa ganar enemistades (con funcionarios públicos, o grupos de interés); disminución de impuestos significa perder fondos disponibles para administrar (y por tanto, poder); aumento de la libertad significa contar con ciudadanos más autónomos (y menos susceptibles a la manipulación)


El político no tiene un solo incentivo político para lograr estos 3 objetivos (ahorro, baja de impuestos y libertad); por el contrario, su receta es siempre la opuesta: más impuestos (plata para administrar), más servicios que monopolizar (control social), más dependencia de parte de los ciudadanos (negocio asegurado)


Ahora bien: cuando menos ahorros tenga el país, cuanto más amigos u operadores políticos tenga un gobierno, cuando más impuestos deban pagar, y más dependan las personas del Estado, más reducidas serán sus oportunidades.


La autonomía de las personas perjudican a los políticos: y precisamente por eso, siempre castigan a los que tienen más o a los que les empieza a ir bien… el tipo de ciudadano que ellos necesitan, no son esos.


El problema es que llega un punto de la curva en que comienza el proceso de destrucción de un país porque no hay deseo ni interés por invertir porque en el cálculo de esfuerzo y riesgo en contraste con la ganancia, el saldo es negativo. Y porque hay un número importante de ciudadanos que no quiere trabajar porque hacerlo es una decisión irracional, ya que se obtienen más beneficios en la condición de cesante que de trabajador.


Creer cosas que no son ciertas, equivocarse en el camino, elegir a populistas: empeora las cosas, no las deja en el mismo lugar en que estaban. Basta con ver lo que ha pasado desde el 18 de octubre del 2019: todo va para peor. Peor la economía, peor la seguridad, peor las oportunidades de empleo, peor la educación…


Compatriotas: tenemos una responsabilidad. Debemos sospechar, cuando oigamos propuestas demasiado fáciles. Tenemos el deber de persuadir a otros, de mostrarles las cosas como son, no podemos dejar que nuestro país vaya a la ruina, y tenemos un gobierno que después de perder el plebiscito, presenta proyectos de ley que justamente quieren implementar las ideas que se rechazaron.


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