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Las cosas por su nombre. ¿Soy una amenaza?

Por Teresa Marinovic | Directora Ejecutiva FNM

Candidata a constituyente por el Distrito 10


Vamos a decir las cosas por su nombre: la elite de izquierda no se distingue demasiado de la elite de derecha: le gusta vivir en los mismos lugares, se toma barrios, instala galerías de arte, abre cafecitos, restoranes y bares. En otras palabras, también forma ghettos, también saca provecho personal de las bondades del capitalismo. Y está bien: es la forma que tiene de hacer un aporte a la ciudad, y el barrio Lastarria es un buen ejemplo de eso.


Desde el minuto uno del estallido que se produjo en octubre del 2019, sin embargo, vi como muchos (no todos, obviamente) de los dueños o arrendatarios de esos comercios celebraban en redes sociales lo que estaba pasando en la capital. Una actitud muy típica del político o del ciudadano ideologizado: todo vale, siempre y cuando no me afecte. No importaba que gente pobre o de clase media perdiera su estación de metro mientras ellos pudieran hacer sus carnavales y desobedecer a la policía. Idealizaron, romantizaron la revolución, la violencia física.


En marzo pasado, después de ese octubre, volví a recorrer  el barrio. Ahí fue donde vi murales en que aparecía Piñera ahorcado. Ahí fue también donde leí cosas como “fuego a la yuta” o “paco bueno, paco muerto”. Esos fueron los mensajes más suaves que vi colgados de las ventanas de los chateau de los progres que tienen ahí su residencia.

El problema empezó cuando la violencia les tocó a ellos: ahí sí que tuvieron una epifanía. Cuando la primera línea fue a patearles las mesitas donde tomaban té chai con cupcakes veganos, la revolución dejó de gustarles. Todo bien, mientras fuera de la Alameda hacia el sur.


Hace algunas semanas, se anunció también el cierre definitivo de un restorán extraordinario que llevaba 26 años en la zona, el Squadritto, todo bajo el gentil auspicio de una clase política completamente irresponsable y un Gobierno que no tuvo coraje para enfrentar a delincuentes y que se dedicaron, con Piñera y Blumel en la vanguardia, de cuidarse las espaldas de acusaciones internacionales. Una izquierda que hablaba de drogadictos enajenados (mantenidos por sus padres) como si fueran héroes. Una derecha sin carácter alguno para decir las cosas por su nombre, y con miedo a los medios de comunicación.


Estamos hablando, en el fondo, de clasismo: de un clasismo que justifica o tolera (porque mira para el lado) la violencia, que la normaliza como "daño colateral", mientras los perjuicios los sufran otros. Y para muestra, un botón: en una misma cuenta de Instagram asociada al barrio Lastarria, llena de fotos de murales con consignas violentas, hay también un flyer que dice “si vas a marchar, recuerda: el comercio local no se toca”. Eso mismo… el comercio local, mi casa, mi empresa, mi interés: ¡ese no se toca!. Al agricultor, quémenle no más la siembra. Al dueño de almacén, saquéenlo. ¡Que viva la revolución, pero que viva lejos del lugar en que vivo yo!


Abrieron la caja de pandora, pero no van a poder cerrarla. Están empezando a pagar las consecuencias del fuego que prendieron o que dejaron arder, por cobardía. Pero todavía no aprenden la lección y ahora están aterrados, aterrados de cualquier persona (entre otras, yo misma), que venga y se atreva a decir las cosas por su nombre.

Lo lamento señores, lamento no tener -como ustedes- interés en hacer una carrera política. Lamento no tener interés económico al respecto. Lamento por ustedes tener la libertad que esa independencia me da. Lamento que se sientan amenazados por mí, porque a diferencia de ustedes, yo no vengo a ganar a cualquier precio. Yo vengo a decir las cosas como son, a dejarlos a ustedes al descubierto.



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