La derrota del APRUEBO

Por Cristian Gabler | Abogado

El progresismo moderno tiene su origen conceptual e ideológico en las más altas élites intelectuales norteamericanas. Dígase Harvard, Yale, Stanford, Columbia, etc. Tanto la Teoría Crítica de la Raza –TCR- como la de Género -TCG-, que son las construcciones doctrinarias que más influyeron en el texto rechazado, junto con el marxismo puro y duro, no vienen de los pueblos llanos sino, que son producto del dinero y del cargo de conciencia de las clases medias altas liberales y ricos herederos de Martha’s Vineyard y de los Hamptons en EE.UU. Lo más granado de aquella sociedad.

Nada de esto tiene que ver con los individuos de a pie, los cuales en general rechazan estas ideas porque les cuesta aceptar el concepto de justicia y responsabilidad colectiva que implican, o que un tipo blanco que vive bajo un puente sea un sujeto privilegiado y que un negro jugador de básquet multimillonario sea oprimido, o que establecer diferencias en la ley a favor de algunos no sea una nueva forma de tratamiento aristocrático.

En EE.UU y la UE estas ideas han logrado mantenerse vigentes porque son empujadas por los grandes capitales y su creme intelectual paniaguada -a esta altura millonaria-, pero eso no quiere decir que sean de aceptación general. De hecho, no se recurre a ellas en forma masiva para conseguir votos sino que se las disfraza, porque se acepta que no son populares entre el lumpen y los simplones ignorantes. Allá entendieron que si quieren venderle su pescado podrido a las masas, antes deben darle un tratamiento para ocultar la putrefacción, cosa que acá los sujetos del apruebo no hicieron, demostrando una ignorancia práctica supina, y una arrogancia casi sin límites. Quienes empujan estas ideas simplemente pierden y pierden en las urnas.

El PC siempre dice que representa al pueblo, pero ese pueblo nunca es más que el 10 % de la gente. Las élites zurdas chilenas parece que también creyeron que la TCR y la TCG representaban al pueblo, pero como en el caso de los comunistas, ese pueblo ni siquiera estuvo cerca de asegurarles la mayoría que necesitaban para poder establecer su nueva utopía intelectual elitista y socialista.

No es momento para Platón, muchaches.