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La carta de mi padre

(Por Jorge Abasolo)

Querido hijo:


Nadie elige voluntariamente venir al mundo. Tuve la dicha de nacer antes de 1930, en un mundo harto mejor que el tuyo. No tengo la culpa. Soy anterior a la penicilina, a la televisión y a la guerra fría. Jamás imaginé un mundo con comidas congeladas, fotocopiadoras, los lentes de contacto, los vídeos, los DVD, las grabadoras sin cassette, las guitarras eléctricas o las pizzas a domicilio. Pasé por este planeta antes del radar, las tarjetas de crédito, la bomba atómica y los rayos láser. En mis tiempos no había fútbol profesional y que un jugador se vendiera por dinero no estaba ni en la imaginación del más recalcitrante. Soy de la generación que se declaraba ante su amada por carta y que a todo ser mayor trataba de usted. Conocí las polainas, el trato amable, pero no soy de la generación de las máquinas tragamonedas, de la pantalla líquida, los secadores eléctricos o el aire acondicionado.


¿Recuerdas cuando tu hermano Alejandro me regaló una máquina de afeitar eléctrica? Jamás me acostumbré y seguí haciéndolo con mi vieja y añorada Gillete. Si me hubiesen hablado de joven acerca de los hornos microondas no habría hallado qué decir. En mi juventud el viaje a la luna solo estaba en la febril imaginación de Julio Verne y el fax era una interjección extraña. Ni hablar del Internet. El correo electrónico hubiese sido para mí como ver al jefe de Correos de mi ciudad con un enchufe en la cabeza. ¡Algo descabellado!

En mi época no había ingenieros comerciales, pero igual otros se encargaban de arruinarnos. Robar en la administración pública era una aberración y los ministerios duraban más tiempo. Los jóvenes se cortaban y lavaban el pelo más a menudo, no usaban aros, hablaban delante de sus pololas sin garabatos y el honor era cosa respetada. Las mujeres (las lolas de hoy) consideraban el pudor como una virtud, usaban aros en vez de poercing, y si tomaban pastillas generalmente éstas eran de menta.

Acabo de leer en el diario que pronto van a empezar a maquillar a los muertos. Por favor, si parto antes de lo acostumbrado, entiérrenme así no más. Prefiero asumir mi fealdad a que me pongan cosas en la cara sin mi consentimiento.


Como si fuera poco me entero de que en Río de Janeiro ya debutaron los edificios cementerios. ¡Digno de Ripley! Esto significa, querido hijo, que a un tipo lo pueden enterrar en el piso 12, 14 ó 18.

Por favor si esta idea llega a Chile no permitas que mi último paradero sea en uno de esos edificios. Recuerda que tengo claustrofobia y –como si fuera poco- la altura me hace mal.


Tu padre, que te quiere...


JULIO ABASOLO ALDEA