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Inmigración en Chile

Por Virna Vega | Máster en Economía

Familias extranjeras enteras, mujeres con niños pequeños ingresando e invadiendo hogares, enfrentándose a gritos y golpes con chilenos pacíficos que vieron de un minuto para otro sus propiedades siendo tomadas y saqueadas. Esta y otras horribles escenas se han visto en los últimos días en Colchane, localidad fronteriza del Norte de Chile. Según el alcalde de Colchane, Javier García, la comuna que tiene una población de 1.600 habitantes ‘ya cuenta con 1.800 inmigrantes y el 80% de las casas ha sufrido saqueos’.


Analizar un drama humanitario de estas proporciones puede no estar exento de conclusiones que resulten polémicas, pero es un ejercicio necesario si se desea encontrar una salida al conflicto.


Como primera consideración, hay que entender que todo este desastre tiene su génesis -para variar- en una administración estatal fallida: tanto del país de origen, como en el de destino. En el caso de Venezuela, el siempre liberticida y miserable socialismo; y en el caso de Chile, un control migratorio deficiente e incluso inhumano, al permitir y propiciar -por ejemplo- el tráfico de ciudadanos haitianos. Un ciudadano que puede vivir relativamente bien en su país de origen tendrá pocos incentivos para dejarlo, y un país que tiene una política de inmigración clara, no permitirá invasiones migratorias como las observadas.


En la opinión pública bienpensante abunda la idea de que controlar la inmigración es nocivo y contrario al derecho humano del libre desplazamiento, atribuyendo la oposición a ésta -ya sea por deshonestidad o superficialidad analítica- a sentimientos racistas o xenófobos.


Lo cierto es que muchas de estas opiniones se encuentran en gente que no ha tenido que lidiar directamente con los problemas asociados a la inmigración descontrolada y observan el problema desde afuera. No pagan ningún costo, ni se ven afectados: no se juegan la piel.


Por otro lado, hay sectores políticos que de algún modo se benefician de la importación de personas en condiciones de necesidad extrema, pues son potenciales clientes electorales.


Si bien la inmigración en general es un fenómeno positivo desde el punto de vista económico, para ponderar correctamente sus efectos en el caso de Chile hay que tener presente ‘lo que no se ve’, como diría el célebre Frédéric Bastiat. Es decir, también hay que tener presentes los efectos no deseados.


Un inmigrante honesto y trabajador puede efectivamente contribuir a aumentar la productividad y eso es bueno; pero por otro lado, si la economía no está creciendo lo suficiente para crear más puestos de trabajo, se convertirá en un competidor para un chileno a mismo nivel de idoneidad para un cargo. Entonces, si un chileno esperaba un alza salarial, con cinco o más competidores por el mismo puesto dispuestos a trabajar por un menor salario, por el simple efecto de oferta y demanda, el salario se verá estancado. La frustración ante la ‘falta de oportunidades’ y el ‘estancamiento’ (que dicho sea de paso, son señalados comúnmente como algunas de las causas del ‘estallido social’) comienza a acentuarse, como también la insatisfacción y los roces entre distintos grupos.


El escenario es más complejo a largo plazo, cuando los inmigrantes (ya sea porque no encuentran empleo formal o porque no desean obtenerlo) se quedan en la informalidad. El sistema de salud y de pensiones chileno precisa de cotizaciones mensuales para poder mantener su funcionamiento sin representar una carga excesiva para el fisco. Si las lagunas previsionales ya presentan un problema grave para personas que cotizan, será peor aún con personas que no cotizan en absoluto.


Desde un punto de vista social, además, se origina conflicto por el choque cultural, sobretodo cuando los sectores más bajos de la sociedad se ven obligados a compartir espacios o servicios comunes y se dan cuenta de que los inmigrantes, por el mismo de hecho de estar en la informalidad e indigencia, cuentan con más ayuda social. Y aquí se revela otro problema: el círculo vicioso de la dependencia de la ayuda social. Si la gente logra entrar en la formalidad, tendrá que comenzar a pagar por muchas cosas por las que antes no pagaba y dejará de recibir ayudas, por lo cual el incentivo es a mantenerse en la informalidad.


Enunciados todos estos problemas y concediendo que la inmigración es en general positiva si los inmigrantes están dispuestos a respetar las instituciones y la Ley del país que los recibe ¿Qué se puede hacer?


Lo único que podría frenar -en parte- el conflicto sería potenciar el crecimiento económico, pero lamentablemente Chile va transitando en la dirección opuesta: endeudamiento progresivo, aumentos impositivos y deterioro del Estado de derecho. Volver al crecimiento sostenido se ve sumamente lejano en un país que si ‘despertó’, sólo lo hizo al asistencialismo y a la dependencia del Estado. Y que desea destruir, con una nueva Constitución, las bases mismas de su prosperidad. Esa misma prosperidad relativa que costó tanto construir y por la cual los inmigrantes en el norte pasan días enteros buscando el modo de ingresar.

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