El negacionismo al Modelo NeoLiberal

(Por Boris Hiche) Licenciado en Matemáticas, PUC



La rebelión social que se desató el 18/10 se inicia con un mensaje político: la “evasión” al pago de un servicio público como lo es el transporte subterráneo. En otros términos, evadir un pago, es negarse a seguir participando del “pacto social” de una economía de libre mercado, en donde hay que pagar por cualquier bien o servicio que se desee adquirir. Por esta razón, todos los actos de violencia que siguieron a esa insurrección civil se han tratado de justificar y legitimar moralmente por la supuesta desigualdad social, y de este modo, poner en entredicho el modelo económico.


Pero este propósito ideológico o mensaje político se contradice con lo que uno observa y con los datos.


En efecto, de acuerdo a las mediciones de la Cepal, del Banco Mundial, el modelo bajó la pobreza de un 39% el año 1990, a un 8,6% el año 2017-2018. El aumento del ingreso del 10% más pobre ha sido de 439% en el mismo periodo. Agua potable rural aumentó de un 48% a un 94%. Cobertura pre-escolar, de un 35% a un 90%. La inflación bajó de un 22% a un 2%.


El mundo de los realismos socialistas comenzó a derrumbarse en octubre de 1989 y al tiempo desaparecieron totalmente. Hoy son una quimera. Nadie los derrocó. Mostraron su ineficiencia y su crueldad. No eran economías propiamente tal, sino economatos. Cayeron por el peso del embuste y una ilusión teórica basada en un supuesto marxismo-científico.


La pregunta que aún persiste, y no deja de causar extrañeza, es: ¿por qué la izquierda se niega a renunciar a ese ser ontológico que es el “ser de izquierda”, considerando el fracaso doctrinario del modelo socialista?.


Ese hombre nuevo, que el marxismo pretendió construir, nunca llegó. El paraíso en la tierra que anhelaba el padre de Jorge Teillier (el poeta), tampoco. Sí llegó el Gulag, la KGB, los hospitales siquiátricos, la Stasi y habitantes tristes y mal vestido como lo menciona Gabriel García Márquez en su visita a Europa del Este a mediado de los años 50.


Los regímenes socialistas al brindar educación, salud y vivienda gratuita para todos sus habitantes, era una forma de timar la domesticación social, a costa de poner un dique a la iniciativa y creatividad personal.


Los intelectuales de izquierda, encabezados por el rock-star de Slavoj Zizek, siguen haciendo un refrito de las teorías marxistas para darle un revival, a duras penas. La debacle del mundo comunista bolchevique, dejó obsoleta toda una historia académica y reflexiva de los centros de estudios y de la intelectualidad progresista, donde siempre se ha usado como hipótesis de trabajo la demonización del capitalismo, al cual lo despojan de toda moral y humanidad.


¿Cuánta literatura y ensayos estéticamente bien logrados como discursos, que eran el sedimento moral y teórico del surgimiento de las revoluciones de izquierda, quedaron flotando en el aire?


De un día para otro, no sólo se derrumbó el muro, sino que se desmoronó toda esa discursividad rutilante del mundo de la izquierda, que siempre ha presumido de lúcida y vaticinadora. La vida personal de toda la intelectualidad de izquierda volvió a fojas ceros.


Por esto es que es tan duro para personas que han hecho de su vida un “ser de izquierda” renunciar a toda la cultura del “ser de izquierda”, y desecharla; es hacerse un harakiri, aunque sería la muerte más honesta y noble.


La intervención militar en Chile, del 11 de septiembre de 1973, puso fin a una utopía que nunca fue. Las Fuerzas Armadas reestructuraron el país y las consecuencias de esa reestructuración están reflejadas en los datos que muestro más arriba. El régimen militar nunca fue derrocado. Esto perturba ideológicamente a la izquierda. Otra vez toda su teoría y praxis política queda al descampado, como lo demostró la caída del muro y del bloque soviético. Todos los métodos de lucha “subversiva”, el trabajo de masas, nunca tuvieron efecto. Las FFAA se trazaron un derrotero con una carta fundamental donde dejaron establecido cuándo y cómo regresarían a los cuarteles, y así lo hicieron. Por esta razón, el Partido Comunista se negó a ser parte de la coalición democrática que se formó para derrotar (no derrocar) a la propuesta Constitucional de las Fuerzas Armadas en las urnas, como así ocurrió.


Para el PC aceptar ser parte de esa coalición, era mostrar la ineficacia de todos sus métodos de lucha, sobre todo ante sus militantes jóvenes que se desgastaron en el proceso en los trabajos subversivos de las células, base de la estructura militante del Partido Comunista. Haber aceptado ser parte de esa coalición democrática y aceptar las reglas del juego propuestas por las FFAA, era dejar volando en el aire, para que se los lleve el viento, todos los informes políticos y los instructivos a sus militantes para derrocar al régimen. Las normas de seguridad de las reuniones clandestinas, los reconocimientos y homenajes realizados a sus militantes cantando la Internacional Socialista con el puño izquierdo en alto en una casa de una familia ayudista, todo el Manifiesto Comunista y el espíritu combativo de sus militantes, se transformarían en un absurdo, si aceptaban sumarse a esa coalición y negociar con las Fuerzas Armadas la transición. Esto también explica por qué armaron el Frente Manuel Rodríguez.


De ahí que viene este mito refundacional de la izquierda de negar todo vestigio del éxito de la reestructuración económica y política que hicieron las Fuerzas Armadas, lideradas por Augusto Pinochet.


La forma de negar el éxito del modelo, es derrumbar cualquier símbolo militar y renombrar Chile con sus fetiches políticos, usando la victimización para legitimar esos cambios. Los nombres de Víctor Jara, Pablo Neruda, Salvador Allende, Pedro Aguirre Cerda, Violeta Parra, Gladys Marín, Miguel Enríquez y otros, seguirán poblando estadios, aeropuertos, centros culturales, museos, fundaciones, calles, poblaciones, plaquitas recordatorias y merchandizing callejero en ferias artesanales de la izquierda. La izquierda no ceja en expropiar cultural y emocionalmente el país. Todo vestigio o espíritu del “otro” o “los otros”, debe ser cercenado, negado, expoliado, en virtud de que fueron los derrotados.


La izquierda vive, económicamente, como nunca antes. Jamás la alta dirigencia de toda la izquierda y el seudo Progresismo, podría tener los salarios, pensiones de gracia de la que hoy gozan y nivel de patrimonio que poseen, si viviesen bajo un régimen socialista. Tampoco todos sus monaguillos provenientes de la farándula, los periodistas de televisión, actores y actrices de telenovelas y el mundo de las artes y la cultura, podrían tener los millonarios salarios que hoy sustentan (dentro de un sistema que motejan y condenan de “abusador” e “injusto”) si viviesen en la patria socialista que tanto promueven y anhelan para el “pueblo”.


Para la izquierda resulta perturbador o inaceptable que la cabeza visible de la reestructuración del Chile exitoso, Augusto Pinochet, a quien tienen sentenciado como un genocida criollo, pueda ser el artífice de este éxito. Para ellos nada bueno puede surgir de un ser que ellos consideran intrínsecamente malévolo.


El drama que tiene el progresismo, es que el reconocer el éxito del sistema (del cual profitan y son unos proxenetas), sería adorar al Dios que aborrecen, esto es, aceptar en ellos el Síndrome de Estocolmo.


De ahí el negacionismo radical.