Desierto florido

Por Rodrigo Vidabuena “Lo único que sabemos es lo que nos sorprende: que todo pasa, como si no hubiera pasado.”

Silvina Ocampo


No hace mucho fui testigo de una situación que cualquiera podría decir que es cierta porque, posiblemente, a nadie se le habría podido ocurrir.


Había ´leído sobre unos escritores de ficción que discutieron sobre la creación de una novela, que al final de intrincadas omisiones, revelara una situación atroz o banal. Desde que lo supe quedé con la duda de cómo sería posible esa dualidad en una situación, que algo a su vez pudiera ser atroz o banal, hasta que lo viví estando fuera de una pollería peruana.


Mientras aguardaba mi turno en ese sabroso y aromático entorno, por mi tan apetecida e insana porción de papas fritas con su tradicional pollo al spiedo, las personas que estaban a mi alrededor se emocionaron con verdadera alegría por la viral noticia de una paloma que sería liberada tras tener la suerte de haber quedado expuesta estando atrapada, por largo tiempo, entre una pared y su decoración. La situación era banal porque, aparte de mí, nadie más parecía darse cuenta, y era atroz por el sadismo del grupo de personas cuyas intenciones inmediatas giraban en torno a un negocio donde se ensartaban, asaban, descuartizaban, envolvían y entregaban aves para ser pronto devoradas.


Había una madre que le explicaba a su hijo sobre la importancia de tener humanidad, la pareja del perrito anunciaba al unísono el proceso de la liberación, los chicos del delivery suspiraban con alivio; tras el mostrador había rostros de genuina felicidad, el más alegre parecía ser el asador.


Y de repente me vi atrapado allí, a tal punto que por un momento me identifiqué con la paloma y hasta la envidié porque sería liberada. Sin esperarlo me encontré a oscuras y sin salida en un ciego rincón de la conciencia social. De pronto sentí la aplastante presión de una de las más crudas demostraciones de vacuidad mental de mis congéneres, inesperadamente advertí el azote de un vendaval generado por hambrientas buenas intenciones.


Pero también me di cuenta que ese horror era fácil de ignorar, porque en ningún momento se me quitó ni el apetito ni lo carnívoro. Allí comprendí que ese era uno de los particulares atributos de ese tipo de situaciones, que siendo efímeras por su banalidad tienen la capacidad de revelar atrocidades, como aquella desesperante opresión que puede brindar el contemplar el envolvente vacío de un desierto inesperado.


Era una paloma, por el amor de Dios, no niños bajo las goteras de sus escuelas. Una simple ave, con un futuro que se adivinaba cada vez más cierto, rescatada con recursos públicos, mientras yo pagaba con plata de mi bolsillo por los nutrientes que había dejado el pasado de otra.


¿En qué momento perdimos de vista los órdenes de las prioridades? ¿Los tuvimos alguna vez? Y si los tuvimos: ¿en qué momento nuestra humanidad perdió su calidad? De seguro no fue de un día para el otro, seguramente fue paulatino y bajo condiciones propicias.


Es que el continuo ejercicio de un hábito nos hace expertos y en lo que a evadir la realidad respecta, lamentablemente, lo hemos transformado en un deporte universal.


Quizá así empezaron en Bizancio y de pronto se encontraron discutiendo sobre la cantidad de ángeles que cabían en la cabeza de un alfiler mientras la ciudad estaba siendo asediada, justo antes de caer.


No tengo nada en contra de las palomas, ni los pollos, ni ningún otro animal. De hecho tengo mis propias mascotas y disfruto de sus sinceras compañías y hasta me entretengo con sus simples decisiones. Pero a veces me es difícil justificarnos como humanidad. Si no somos capaces de dirigir correctamente nuestra solidaridad hacia nuestra especie ¿Cómo podemos, siquiera, imaginar dirigirla hacia las demás?


Y no solo me refiero a la solidaridad hacia los más necesitados, sino también a la que debiéramos tener con nosotros mismos; sobre todo cuando perdemos el norte de las prioridades o cuando con entusiasmo decidimos ignorar las advertencias de quienes demuestran tener mayores alturas de mira que nosotros.


La noticia de la paloma liberada repercutiendo en esa pollería fue circunstancial y cruel, fue un inesperado vistazo a la realidad social donde el panorama nos muestra desconectados de la realidad, paralizados y hasta ciegos de ansiedad.


Tantos de nosotros sintiéndonos identificados con el destino de aquella simple y pobre paloma no es nada alentador. Puedo entender su viralización, puedo aceptar la alegría de los demás y hasta la atención de los medios de comunicación; es que es la vida defendiéndose como diría Cortázar, al menos es evidencia que aún no hemos perdido la esperanza.


Al final quise justificarnos con que aún, como sociedad, tenemos la esperanza en que las cosas puedan mejorar. Pueden hacerlo, es cierto, es una posibilidad, pero dependerá de la calidad de nuestras expectativas, no debemos olvidar que en todos los años que llevamos como humanidad el fondo del mar aún no se ha hartado de vanas ilusiones.


Sigo viendo ese desierto que oprime con su vacío. Pero sé de uno que está al sur del mundo que florece cada año, y sé que lo hace porque lo suyo es perseverar.