Chile, país adolescente.

Por Cristian Gabler | Abogado

Nos encontramos inmersos en un proceso de decadencia social y económica sin precedentes desde la vuelta de la democracia, el cual refleja que en esta última década hemos capotado, como pueblo y como nación.


Estamos en medio de un proceso constitucional viciado y espurio, sin que a alguien parezca importarle. Ya nadie recuerda que el Presidente Piñera en su momento ganó las elecciones rechazando una nueva constitución, a diferencia de su contrincante. La voluntad que emitió el pueblo al elegirlo fue a favor de una reforma y no un cambio total. Así lo decía su programa. Pero entonces, y como a la izquierda chilena la democracia le es impertinente, esta sacó sus tropas a la calle para destruirlo todo, probando de paso que, cómo todo estudiante serio de la historia sabe, el fascismo es zurdo. Lean a Giovanni Gentile o Benito Mussolini si tienen alguna duda.


En vez de defender la voluntad popular, el Presidente Piñera decidió traicionar a sus votantes e inició un proceso institucional que, claramente, fue conquistado mediante la amenaza y la coerción. Como fue absolutamente incapaz de manejar y detener la violencia callejera y la orgía delictual escarlata, prefirió abrazar por segunda oportunidad la agenda de su contrincante en vez la propia, demostrándole a los chilenos de paso, que votar por la centro-derecha en este país es una verdadera pérdida de tiempo. No podemos olvidarnos que, en su primer gobierno, la siniestra le sacó los estudiantes a la calle y, el susodicho, se olvidó de gran parte de lo que prometió en campaña para implementar lo que juramentó el candidato perdedor. Dígase, el rival al que derrotó democráticamente.


Había que pararlos de alguna manera, sino, iban a romperlo todo, y aplicar la ley era muy riesgoso por ese tema de los Derechos Humanos, y las ONG, las mafias y los saltimbanquis que se aprovechan profitando cómoda e impúdicamente de ellos. No vaya a ser que me lleven a la Haya, o algo así, pensó el Presidente… supongo.


Cosa aparte. Me pregunto si esto de que la izquierda gobierna en la Moneda o en la calle, si no está en dicho palacio, va a seguir siendo de por vida la regla en este país. Eso sería una desgracia.


Pero el problema no terminó ahí. Demostrando un sesgo de novedad infantil –todo lo nuevo es mejor que lo viejo-, la gente en vez de repudiar la violencia anti democrática y rechazar el nuevo proceso constitucional por su origen fascistoide e intimidatorio, lo abrazó ingenua e inocentemente como propio. El entusiasmo fue casi total. Ahora les vamos a demostrar a estos políticos tales por cuales cómo se hacen las cosas bien dijeron algunos, azuzados en gran parte por el activismo, el gremialismo y el periodismo de izquierda militante.

Esto fue como si a un niño su padre le votara de un golpe todos los dientes, pero para enmendar su agresión lo compensara pagándole la ida al dentista. El famoso movimiento social destruyó la democracia en este país al aplastarla mediante el uso del fascismo callejero y, como premio le entregó, a una sociedad incapaz de pensar críticamente, un proceso que no hizo otra cosa que sepultar y convertir en irrelevante toda la institucionalidad vigente en este país. La aceptación del premio terminó, claramente, agravando la falta.


De ahí en adelante todo ha sido una debacle social, ética e intelectual total. De repente, y para la mayoría de la sociedad, redactar una constitución se transformó en la cosa más pueril y simple posible. Fuera políticos, abogados y jurisconsultos. Bienvenidos dirigentes vecinales y sociales, periodistas, atletas, bataclanas, farsantes, faroleros y otros.

Me pregunto si la gente de ahora en adelante, cuando le duela la cabeza va a ir a consultar a su vecino o al panadero, en vez de ir al doctor, porque eso es lo que literalmente hicieron en este caso. No necesitamos a los que saben algo de esto dijeron a través de sus votos. Nos tenemos a nosotros. El pueblo. Así, mucha gente sin preparación ni conocimiento alguno -lo que los hacía fácilmente manipulables- obtuvo, y para insuflar su ego supongo, el cargo electo de sus sueños, para luego estrellar el proceso puesto en sus narcisistas manos en contra de una pared de granito.


Una de las características más importantes que tienen los intelectuales de verdad, es que reconocen que todos tienen sus limitaciones temáticas, pero hoy en este país, hasta la gente que apenas sabe leer y escribir se cree capaz de sopesar, aquilatar, bosquejar y redactar el documento más complejo, omnicomprensivo e importante de una nación. En nuestro Chile querido hoy existe cero modestia intelectual. Sobre todo, en la juventud.


Los mismos votantes que eligieron en masa a candidatos que claramente olían a ignorancia, falta de preparación y responsabilidad intelectual, a narcisismo rancio y a izquierda profunda, para posteriormente optar por un gobierno incluso más radical e inmaduro de izquierda que los propios convencionales, rechazaron luego en forma masiva su propuesta constitucional la cual, claramente, estaba acorde con la ideología que pregonaban los constituyentes cuando eran candidatos. ¡¿Qué esperaban que iba a pasar si votaban por gente de ultra izquierda?! Muchos de ellos, incluso, salieron también a la calle enfervorizados a mostrarles el dedo del medio a la Convención y a la zurda radical, dejándoles en claro que rechazaron el cambio de modelo, aunque fueron absolutamente incapaces de darse cuenta de una pequeña sutileza. Estaban celebrando el haberse derrotado a ellos mismos. ¡Plop!


Chile necesita darse cuenta que ya es tiempo de parar con esto de una vez, para meditar bien las cosas y hacer los cambios necesarios en los tiempos y en las formas pertinentes.

Aunque parezca increíble, hoy gran parte de la población sigue sin medir ni entender los orígenes y consecuencias de lo que nos ha pasado, y esperan seguir adelante con el proceso constitucional de una manera similar, sin importarles que todo esto tuvo su origen en un golpe violento contra un gobierno democráticamente elegido.

Esa misma gente que también prefirió a candidatos, que gritaban a los cuatro vientos que eran radicales de izquierda y que en muchos casos apenas sabían leer y escribir, para que les dictara la constitución de ultra izquierda por la cual votaron en realidad, para luego rechazarla riéndose en las caras de los convencionales insultándolos por tener una ideología política que nunca ocultaron, todavía no da muestras de entender cuál ha sido su papel en todo esto.


Está claro que este país no quiere un cambio radical en el modelo, y que la sociedad rechaza tanto el marxismo tradicional como al marxismo cultural y al posmodernismo como fundamento para una nueva sociedad civil. Si es así, no existe hoy la necesidad real de una nueva constitución, más allá de lo que podamos mejorar en la actual. Está claro que muchos rechazan el olor a pinochetismo que tiene la constitución de Ricardo Lagos, pero debemos entender que el precio por deshacerse de ella hoy es notificarle a la izquierda radical que, si rompen todo, la sociedad chilena está dispuesta a prestar la otra mejilla dejándoles en claro también que, es su prerrogativa decidir si gobiernan este país dentro o fuera de la Moneda.

¡No al fascismo!