Érase Un Orco


(Por Jorge García) Érase un orco que ignoraba serlo

pues creía en serio que era buenmozo.

Pero él era un orco, un orco por dentro

siempre contento de causar destrozos.

Que no nació orco, que así lo hizo el tiempo,

quizá sea cierto aunque sólo un poco.

Quizá quedó orco por creerse el cuento

que hasta sus incendios eran virtuosos.


Fue un alumno flojo y quedó mamerto,

así que de viejo siguió siendo orco.

Ya no era chistoso ni mucho menos

con cuerpo de abuelo y aires de mocoso.

Y, oh, nunca pudo zanjar el dilema

de arreglar el mundo o limpiar su pieza.

Y érase un orco sagaz y valiente,

bravo oponente de toda injusticia.

Muy fiero escribía en diversas redes,

tragando Chesters y echado en su silla.


Por tuiter decía que era un rebelde,

un independiente y antipartidista.

Y que si se unía a les compañeres

era un accidente y no sintonía.

Escribió noticias de hordas decentes,

estando consciente de que mentía.

Pues su rebeldía era menos fuerte,

que su ansia urgente de ser mayoría.

Pero un buen día, tras algunos años,

dicen que escribió: “emosido engañado”.

Y érase otro orco que se creía elfo,

un hada más que elfo, un ser luminoso.

Unció su unicornio y cabalgó al pueblo

y en el trayecto se topó a unos orcos.

Los enfrentó pronto con rudos ruegos

y recibió entero un tremendo combo.

Ante este incordio tomó un rumbo nuevo

y, para irse ileso, les dio un soborno.

Mas para su asombro, ocurrió lo inverso,

pues le exigieron un más alto monto.

Y, por fin furioso, juró a los cielos:

"Haré un ejemplo de todos vosotros".

Desde su arcoíris invita ahora

a acatar el justo clamor de la horda.

Y érase un brujo, maestro del orco,

aunque el propio orco ignoraba aquel hecho.

Pues este hechicero era cauteloso

y a útiles tontos usaba de siervos.

Aunaba lo fiero con lo alevoso

y, antes que plomo, empleaba veneno.

Odiaba al banquero y buscaba el oro,

y era devoto pero un gran ateo.

Sabía que su credo era ruinoso,

que causaba odios y gran sufrimiento,

mas como el recuerdo es breve en el orco,

apenas un soplo en contra del viento,

confiaba el brujo en reinar las cenizas

que su orco, iluso, llamaba “utopías”.