La dicha de ser uno mismo. Por Jorge Abasolo

Vivimos una realidad cada vez más bombardeada por sensaciones exógenas y envolventes, con personas que muchas veces se fijan en sus propios intereses y miden los logros sólo por lo material.

Un grado justo de ego es necesario, porque nos ayuda a valorarnos y a progresar, pero el exceso nos aísla peligrosamente del resto de la sociedad. Dar vuelta el espejo y dejar que los demás también reflejen su solidaridad –ahora, más que nunca- es fundamental.

 Hoy por hoy estamos muy lejos del ideal de los antiguos filósofos Aristóteles y Platón, que afirmaban que el hombre es un animal social, que necesita de los otros para sobrevivir, y que en ese marco de integridad social en donde la virtud, la justicia y la felicidad se manifiestan plenamente. En la actualidad, la cultura privilegia lo externo, la belleza, el glamour, el “tener” en lugar del “ser”, la competencia despiadada, el dinero y el poder.  ¡Deplorables valores!

Las figuras mediáticas aparecen en las revistas y en la televisión, mostrando bellos y dorados cuerpos en fabulosas mansiones, rodeados de escándalos, donde la infidelidad, las separaciones, el alcohol y los excesos parecen ser el telón de fondo habitual e idealizado. Los programas de televisión con más rating en el país hacen culto del cuerpo y de los cotilleos, la competencia, la individualidad y hasta del placer de la exposición, disfrazados en el fin de hacer un bien a la comunidad o de mostrar “lo que el público solicita”.

Sin embargo, es importante aclarar que una cierta cuota de narcisismo es esperable en todos los sujetos para poder convivir con sus semejantes. Justamente, ese es el motor de nuestras ambiciones, y de nuestras ganas de alcanzar nuevas metas y de elevar nuestra autoestima.

Hasta hace pocos años, se privilegiaba la racionalidad. Los sentimientos de culpa y el “deber ser” condicionaban las acciones de los hombres a tal punto que aquellos que privilegiaban lo individual estaban mal vistos. Pero hoy, ciertos sujetos presentan un excesivo narcisismo, que puede resultar dañino. En aquellas personas desbordadas por sus propios intereses, que no pueden escuchar que existen “otros semejantes”, con intereses similares o diferentes, se pueden observar ciertas características infantiles, aquellas que remiten al temor de perder objetos valiosos.

¿Qué pasó entonces, para que se produjese el cambio?

Mundo de espejos

Una de las razones de que estemos ante la era del ego puede ser la crisis que observamos en las instituciones. Los organismos base de nuestra sociedad han perdido credibilidad, y por eso las personas se encuentran a la deriva, sin modelos y sin encontrarle un sentido a sus vidas. Sin valores e ideales por los que luchar, quedamos expuestos a la angustia de la sinrazón.

En la carrera individualista, vale lo que se desea y se puede tener, porque el compromiso es solo con uno mismo. Hay momentos en que alguien de nuestra familia o comunidad puede necesitar ayuda y no la encuentra, porque no existe un compromiso profundo con la red social de la que formamos parte. A pesar de enunciar de la boca hacia fuera el compromiso con los hijos, con la pareja o con los miembros de la comunidad, la mayoría de las personas están solo centradas en sus proyectos personales y actúan por conveniencia. A veces se abandonan relaciones afectivas con el argumento de “no me entiende”, como si la pareja fuera un objeto que existe sólo para satisfacer absolutamente nuestras necesidades.  Estas nuevas modalidades de relación no privilegian el lazo afectivo ni comprenden que el otro también debe ser valorado y respetado.

El factor económico juega –asimismo- un papel importante en el cambio de los valores de la sociedad actual. El consumo exagerado lleva a las personas a competir por puestos de trabajo donde no se privilegia al hombre como un sujeto con necesidades y deseos, sino que ocupa el lugar de un objeto. Las empresas, muchas veces toman decisiones motivadas por el factor económico, sin tener en cuenta los intereses de sus trabajadores.

Esta forma de trato  estimula el “sálvese quien pueda” y logra que perdamos de vista el hecho de que somos parte de un todo más amplio que nosotros mismos, donde las acciones ejecutadas repercuten en el sistema del cual formamos parte.

¡Qué lejos estamos de nuestros antepasados, para quienes la felicidad aparecía ligada al bienestar del grupo, y en quienes estaba presente la conciencia de formar parte de un todo! 

Las antiguas tribus tenían claro que debían cuidar, incluso por sobre los demás, de la naturaleza. Estaban en contacto con la tierra, con los ciclos de los animales y las plantas, y sabían esperar a su entorno y respetarlo.