¿Es la democracia un arma de doble filo? Por Paul Villegas

Muchos abanderan la democracia como un sistema incorruptible, tanto es así, que son capaces de legitimar cualquier acto bajo este sistema. Pero, ¿qué ocurre cuando este se convierte en una fachada o simplemente en una tiranía de las mayorías?

Ante la evidencia histórica, se podría argüir perfectamente que la democracia es un arma de doble filo, arma que por consecuencias ideológicas puede servir a diferentes propósitos —ya sean buenos o malos. Ejemplos dentro de la historia hay bastantes, pero la pregunta recae en que, si tenemos experiencia en el tema ¿por qué tropezamos con la misma piedra? Hemos sido testigos de innumerables hechos que han marcado la sociedad, ¿por qué no hemos sido capaces de perfeccionar un sistema político tan deficiente?

 La revolución Americana sirvió para escapar del poderío monárquico absolutista (corona británica), y más importante aún, para consolidar una nación libre y democrática. Este punto de inflexión sirvió como ejemplo en occidente, sentando las bases de la revolución francesa —comienza la monarquía constituyente—, la cual más tarde pasaría a llamarse convención nacional. Estos precedentes servirían como inspiración en gran parte de Latinoamérica, concretando así, la independencia de diferentes países dentro de la región en el siglo XIX.

 Si bien, a fines de siglo XVIII y durante el siglo XIX las democracias nacen como respuestas ante las represiones absolutistas —monarquías que peleaban por el dominio colonial—, en los siglos posteriores a los mencionados —gran parte del siglo XX, pasaría absolutamente lo contrario, sería este sistema de gobierno el responsable de legitimar algunos de los más grandes tiranos que se hicieron del poder.

 Hitler en Alemania; Mussolini en Italia; Perón en Argentina; Dollfuss en Austria y Milosevic en Serbia, son algunos de los tantos dictadores que arribaron democráticamente al poder. Hombres que a través de propagandas inescrupulosas llegaron a proclamarse salvadores de sus naciones para luego aplicar los regímenes totalitarios que conocemos. En particular, Los NAZIS suministraron torturas despiadadas contra los judíos, sin mencionar que dieron inicio a la segunda guerra mundial dejando como saldo millones de muertes en el proceso.

 “Sería una necedad pretender que el pueblo no pueda cometer errores políticos. Puede cometerlos, y graves. El pueblo lo sabe y paga las consecuencias; pero comparados con los errores que han sido cometidos por cualquier género de autocracia, estos otros carecen de importancia.

 John Calvin Coolidge (1872-1933).

30º presidente de los Estados Unidos (1923-1929).

 Finaliza el siglo XX y comienza el siglo XXI, los dictadores de nuestros tiempos ya no derrocan a otros gobiernos a través de golpes de estado y fuerza militar, los nuevos líderes prefieren someterse al capullo democrático para luego manipular y contraer el sistema a favor de ellos. Llegan al poder a través del sufragio, empiezan a desacreditar a la oposición, manchando y socavando la libertad de prensa, inventando enemigos del pueblo —las amenazas extranjeras también son útiles—, todo medio que haga ver a los autócratas como salvadores del pueblo, sirve al desmedro de sus caprichos.

 Hugo Chávez en Venezuela, después Nicolás Maduro en el mismo, hasta Vladimir Putin, en Rusia; Recep Tayyip Erdogan, en Turquía; Daniel Ortega, en Nicaragua, y López Obrador, en México — el cual está en proceso—, son hombres que tomaron la retórica descrita y desterraron las libertades del individuo fuera de sus Estados, lo que importa finalmente son sus intereses, no los del pueblo.

 Etimológicamente, la palabra democracia se encuentra en el griego “δημοκρατία” (democratía), y se compone de los términos “δῆμος” (démos), que puede traducirse como ‘pueblo’, y “κράτος” (krátos), que significa ‘poder’, “poder del pueblo”. En algunas ocasiones ha servido a sus propósitos como su etimología lo sugiere, pero en otras, se ha convertido en una tiranía de las mayorías, un sistema político tan frágil como el que tenemos, hay que cuidarlo, más aún, si existe el riesgo de caer en un estado autoritario o peor aún, totalitario.

La democracia, como sistema político que define la soberanía del pueblo es impredecible, juegan varios factores que determinan su legitimidad, pero ¿cómo definimos lo que es moral o no en una sociedad? —en mi opinión— ese es un punto débil de la democracia representativa, otorgar el poder a unos pocos que gobernaran bajo su criterio, es peligroso, y la historia lo ha demostrado continuamente. Pienso que integrar una democracia deliberativa sería mucho mejor para proteger los intereses de los votantes.

 Una mezcla entre democracia representativa y democracia directa, sería un objetivo alcanzable y mucho más beneficioso para la ciudadanía. Estaríamos en una posición privilegiada ante cualquier engaño que pudiese haber por parte de la clase política, porque si en algo podríamos estar de acuerdo, es que los políticos manejan a la perfección el arte de la persuasión y por lo tanto, son más proclives a cometer actos deshonestos.

 Una reciente columna de Axel Kaiser, en el diario financiero: “El retorno de la izquierda” (18.04.19), arguye que la misma corriente política sigue latente en Latinoamérica, puede que no con la misma fuerza que ofrecía hace algunos años atrás, pero está ahí, esperando el tropiezo deliberativo de la sociedad. Chile no está seguro, y una mala decisión puede costarnos caro, estaría demás seguir entregando ejemplos, puesto que la evidencia se encuentra disponible. Confío en las decisiones que puedan tomar los individuos, pero se hace imperativo modificar nuestro actual sistema.

 Es importante que como individuos racionales, analicemos la democracia en retrospectiva, aprendamos, deliberemos y propongamos cambios; es importante hacer prevalecer nuestros derechos dentro de una sociedad libre, no siempre las mayorías representan la voluntad del pueblo, y es precisamente por eso, que la democracia en sí, puede ser beneficiosa pero, a la vez, tremendamente peligrosa.

Fundación Nueva Mente