Educación: El Talón de Aquiles de la Modernidad chilena. Por Jorge Abasolo

UNA HISTORIA NECESARIA

El modelo europeo de Universidad privilegió desde siempre el esquema de torre de marfil, en el que la universidad pasa a ser la cúspide de la jerarquía educacional, y el académico se convierte en el principal agente en la búsqueda y generación del nuevo conocimiento.

El modelo norteamericano hizo hincapié desde un comienzo el vínculo universidad-sociedad civil, a través del requerimiento de conectar el financiamiento público universitario con problemas económicos concretos.

A su vez, las universidades latinoamericanas imitaron el modelo europeo.

No obstante, a mediados del siglo XX, en las décadas de los cincuenta y sesenta, las universidades latinoamericanas asumieron el rol de constituir la vanguardia del cambio y de la transformación de la sociedad.

Al tener la posibilidad de cambiar la sociedad, aquellos beneficiados de una determinada forma social observan con suspicacia la Universidad.

¿Cuál sería la explicación?  

De tanto pensar el tema he llegado a la conclusión de que esas aprensiones y suspicacias radican en que las universidades pueden promover un cambio que puede afectarlos.

¿Es esa la confianza que les tenemos a nuestros jóvenes?

¿Con esta actitud no estamos afianzando esa cultura del no estar ni ahí?

¿Queremos ser cancerberos permanentes de los jóvenes?

¿Por qué no darles un mínimo de libertad y maniobrabilidad a sus ilusiones?

Porque fui joven y aún me siento como tal, adhiero a las libertades universitarias, cuando se es suficientemente libre como para no ver en ellas la única opción para desarrollarse como persona.

Tengo fe en que pueden manejarse dentro de ámbitos de libertad, siempre y cuando ésta sea reglamentada debidamente. La libertad absoluta bien sabemos donde puede llegar. Pero de ahí a coartar las libertades juveniles, me parece que hay un abismo diferencial que nos debe hacer pensar.

Pienso que por esta razón las universidades han demandado siempre la justa autonomía...o grados suficientes de independencia.

Entiendo a los jóvenes.

Dejando libre el espíritu de investigación del ser humano, es legítimo propender a crear una sociedad cada vez mejor con las ideas que asoman desde el seno de los claustros universitarios.

No dudo que la Universidad es la piedra angular de toda sociedad que desea ser más y no adormecerse en un estado de letargia puro o inmovilismo asfixiante. Toda sociedad requiere pensarse a sí misma para continuar progresando y en ese pensarse a sí misma, la sociedad debe velar porque existan otras instituciones –no necesariamente universitarias- que también alcancen la categoría de manantial de sabiduría en estado de alerta y nos den señales inequívocas acerca de las necesidades e inquietudes intelectuales de su gente.

 UNIVERSIDAD: ¿EL UNICO CAMINO?

La aceleración de la producción del nuevo conocimiento y la celeridad del cambio tecnológico constituyen dos de las características del tiempo actual. Esto afecta el rol transmisor del conocimiento que desempeña la universidad. Por cuanto se está generando una obsolescencia rápida de éste.

En consecuencia, no basta que la universidad proporcione a los estudiantes el saber reciente. Además tiene que proporcionarle habilidades para que vayan actualizando dicho conocimiento.

En la época de cambios vertiginosos en que vivimos, si la universidad no se reinventa corre el riesgo de transformarse en una institución marginal.

Todo esto sirva para formularnos las preguntas de fondo:

¿Qué tipo de profesionales requerimos para enfrentar el futuro?

-¿Han resuelto este acertijo las universidades chilenas?

-¿Todos estos profesionales deben ser necesariamente universitarios?

-¿Qué papel juegan los liceos técnicos y los centros de formación técnica al respecto?  ¿Se les debe seguir mirando como albergue de menos dotados, ineptos o jóvenes opacos intelectualmente?

Una dificultad concreta en esto es la gran incertidumbre que existe hoy respecto del futuro.

Hasta hace poco se hacían predicciones acerca del futuro sobre la base de una extrapolación del presente. Ello ya no basta, pues ahora tenemos casi la certeza de que el futuro no va a ser similar al presente.

Como dice el poeta Paul Valery, “el futuro ya no es lo que solía ser”.

Hoy por hoy enfrentamos un entorno complejo e imprevisible, donde lo que más se debe resguardar es el campo de la ética. Las palabras de Rosovsky nos invitan a cuestionarnos hasta donde puede llegar el conocimiento moderno –desmedido y desprejuiciado- si no lo enmarcamos en un campo ético y acorde con las necesidades reales –no impostadas- de una sociedad.

 Lo imprevisible del futuro impone tareas difíciles a la universidad e invita a que otros centros de conocimiento emerjan con mayor fuerza.

Entonces, debe encontrarse la manera de preservar los valores esenciales de su razón de ser, pero simultáneamente tiene que descubrir nuevas rutas para responder adecuadamente a las oportunidades que genera este mundo cambiante.

Y surgen nuevas interrogantes. ¿Están los centros de formación profesional chilenos capacitadas para cumplir tan sustancial tarea?

¿Qué otros centros de capacitación pueden cumplir ese rol que la universidad no alcanza?

¿Pueden estos centros y/o universidades proporcionarles a los nuevos profesionales el know how y las habilidades requeridas para enfrentar el futuro?

¿Cuál es la capacidad efectiva y real de generación de ideas?  ¿Cuán novedosa es realmente la investigación de nuestras casas de estudios superiores o, en otras palabras, qué ideas y cuántas generan los académicos chilenos? 

En resumen, ¿cuál es la contribución actual de las universidades chilenas al aumento del desarrollo económico y al incremento del bienestar social?

Y voy más allá aún: ¿Cuál es su capacidad para transformarse en el tipo de universidad o centro formador requerida para el siglo actual? 

A nadie le agrada la desigualdad. Nadie tiene el monopolio del sufrimiento en este sentido. Nuestra historia de irritantes desigualdades ha significado –entre otras cosas- que a la universidad pudieran acceder solamente los hijos de las clases medias y altas.

Justo es decir que hemos avanzado en este sentido, pues en las dos últimas décadas el 70 por ciento de los actuales estudiantes de la educación superior son la primera generación en sus familias en haber alcanzado este nivel de enseñanza.

En pocas palabras, en la década de los setenta, sólo un 4 por ciento de la población en edad de ingresar a la universidad lo podía hacer. Hoy en día esa cifra alcanza a un 40 por ciento.

Ningún país sudamericano ha logrado cifras similares.

Tenemos derecho a sentirnos orgullosos.

Pero la satisfacción por lo logrado no debe inducirnos a pensar que la Universidad es el único camino: que si no se ingresa a ella se está condenado a ser ciudadano de segunda categoría.

 EN TORNO A LA PSU

En Chile abundan las críticas fáciles, los tiros a la bandada y la ligereza de juicios. A la hora de evaluar esta prueba quiero ser lo más claro, preciso y serio posible.

Vamos por partes:

Se supone que la PSU permite identificar a los mejores, pero los porfiados hechos dejan al descubierto las desigualdades socioeconómicas de los postulantes. Dejando de lado el lenguaje eufemístico, a esto lo podemos llamar discriminación absurda, pues no está basada en el mérito de las personas ni en sus capacidades para el buen desempeño en la educación superior, sino que en su nivel de ingresos.   Util sería –en este sentido- adoptar primero;y adaptar después, los buenos ejemplos que se ven en otras realidades.

Por ejemplo, en los Estados Unidos –para evitar las discriminaciones- la legislación regula celosamente la aplicación de pruebas de selección. Quienes las aplican deben estar en todo momento en condiciones de demostrar que los que los exámenes que utilizan, se ajustan a lo dispuesto por la Comisión para la Igualdad de Oportunidades en el Empleo. Es decir, que los exámenes no discriminan por raza, credo, nivel socioeconómico, nacionalidad ni género, sino que sólo miden elementos relevantes asociados al puesto de trabajo al que postula la persona.

Sin lugar a dudas que en Estados Unidos los responsables de la PSU hace rato que habrían sido calificados como inoperantes. O hubiesen sido llevados varias veces a los tribunales y –lo más probable- condenados a pagar millonarias indemnizaciones.

Como todo apunta a que la PSU se ve fuertemente impactada por el nivel socioeconómico de quien la rinde, el hecho de que las universidades acepten postulantes con 550 puntos en la carrera de pedagogía, o en cualquier otra, no nos debe alarmar por la calidad de profesionales que tendremos el día de mañana.

Que esto no se malinterprete. No dudo que entre los 55 mil estudiantes que obtuvieron bajos puntajes en la última PSU deben haber muchos con habilidades y talentos. Lo preocupante es que el puntaje de la PSU está enmascarando los talentos reales de muchos jóvenes. Por consiguiente, el futuro de tales personas está siendo afectado de manera inexcusable.

Este año se aplicará por enésima vez la PSU. Por tal razón ésta debe ser examinada con rigor, sobre la base de los objetivos que debe cumplir un test de altas consecuencias como la mentada prueba de selección universitaria.

Luego, ésta debe ser una buena predictora del comportamiento de los estudiantes en la educación superior, ya que su principal propósito es seleccionar adecuadamente a los jóvenes para ello. En este sentido, es fundamental tener una evaluación independiente, puesto que si bien existen algunos trabajos- Comité Técnico Asesor- éstos han sido realizados por los mismos creadores de la prueba, por lo que se requiere una evaluación externa.

UN MERCADO MENTIROSO

En un interesante Seminario se planteaba hace poco que pese a obtener buenos resultados en la PSU, 21 mil 117 alumnos quedaron fuera del sistema universitario.

¿Es esto suficiente para que nos hagamos un harakiri como sociedad?

En esto de acceder o no a la universidad es un tema que tiene bastante de inoficioso.

No se puede desconocer que hoy muchas familias puede brindar a sus hijos una educación superior. Lo dije antes y lo reitero: se trata de un hecho impensable hace veinte años.

Este nuevo logro ha traído como consecuencia nuevas realidades.

De este modo, debemos admitir que en el Chile de hoy existe un mercado universitario espurio o postizo, dedicado a vender diplomas para regocijo de muchos padres.

Esto ocurre con casi un 50 por ciento de los jóvenes que –por diversos motivos- caen en la deserción  o simplemente son estafados a mitad de su carrera y que gastan  la plata de sus padres...o que se consiguieron una beca del Estado, beca que termina en los bolsillos de los propietarios de algunas universidades.

En esta categoría están los muchachos que logran cuatrocientos o quinientos puntos en la Prueba de Selección Universitaria.

Dicho de modo brutal y directo: se está jugando con la esperanza de los jóvenes que logran puntajes bajos.

Si antaño el desafío era ampliar la cobertura universitaria, digamos que se ha logrado.

Pero hoy el desafío es otro, como ya lo he señalado. Consiste en no saturar un mercado universitario con carreras brujas y universidades que distan en mucho de ser tildadas de serias.

En consecuencia, quienes sostienen que la palanca del desarrollo de un país es el acceso a estudios universitarios envilecidos, es algo exagerado, falso y altamente injusto.

EL PATO DE LA BODA...EL QUID DEL ASUNTO

En este tema no nos hagamos trampa en el solitario y no miremos el futuro a través del espejo retrovisor.

El gran problema de la educación chilena pasa por la educación pre-escolar y básica.

El resto es importante, pero en grado menor.

En palabras del ingeniero Mario Waissblth, Director de Educación 2020, “un cabro que egresa de la enseñanza básica sin entender lo que leer, ya se jodió”.

Y lo peor es que jode aunque logre pasar por la secundaria, y aunque logre entrar a la educación superior. Ese joven tiene su futuro cercenado y hasta podrá ser un profesional respetado, aunque jamás un profesional de excelencia.

Entonces, aquel axioma que señala que el acceso a la universidad es la gran meta social de Chile es una cantinela tan falsa como errada.

Si seguimos aumentando el acceso a la universidad con puntajes indignos es agudizar un grueso error.

El meollo del asunto está en la etapa pre-escolar, en la básica y en la educación técnica.

Las elites chilenas, grupos pensantes y privilegiados –que aportaron mucho a Chile y también se equivocaron harto-. Nos hicieron pensar que el futuro de todo joven estaba en la Universidad.

A eso debe sumarse el deformante pensamiento español a este respecto, que ya denunciaba don Francisco Antonio Encina en su premonitorio libro Nuestra Inferioridad Económica.

¿Qué decía el preclaro historiador chileno?   Señalaba que “el trabajo manual, el trabajo hecho  a base de habilidades no intelectuales ha sido mirado con desdén por el grupo mandante hispano, que ha transmitido esta noción defectuosa de ver las cosas a la elite dirigente chilena”.

Y así es como en Chile hemos mirado a los liceos técnicos y a las careras técnicas como entidades de segundo orden, como prescindibles y no aptas para los más capaces.

Las vemos como aptas para los ineptos y para quienes no tienen un estatus y ni luchan por lograrlo. O sea, las vemos como para los flojos y los rotos.

¿Qué nos dicen los países desarrollados al respecto?

¿Cuál es el ejemplo de sociedades altamente educadas en este sentido?

En los países desarrollados existe un universitario por cada tres técnicos.

En Chile hay tres universitarios por cada técnico.

En otras latitudes las carreras técnicas son dignas y respetadas por la sociedad. Se trata de gente bien formada y con buenas remuneraciones.

Si nuestro país no hubiese sido presa de los prejuicios hispánicos, y nuestra clase dirigente no hubiese mirado a la Universidad con una admiración paralizante, sin duda que muy distinta y mejor sería nuestra realidad educacional.

Y como dato original, pero alarmante, permítanme decirles algo que nos debe llamar profundamente la atención. Hasta hace cinco año y medio, en toda la División Superior del Ministerio de Educación...¡no había una sola persona que abordara el tema de las carreras técnicas!

Dicho de otro modo, toda nuestra política pública –en materia educacional- ha sido diseñada sobre la base de menospreciar las carreras técnicas.

 

 

Fundación Nueva Mente