Una historia de Sergio Rodríguez Bordalí

SANTIAGO-LUXEMBURGO

La zozobra por la mujer perdida, al optar por el deber y el honor; la inesperada muerte de un amigo; hacían de pronto la vida… dura, dolorosa. Otros aspectos la hacían cargante. Es cierto.

Pascale, mi pareja mujer, (hoy hay que especificar el sexo de la pareja) de nacionalidad francesa, hacía más de un año vivía en su ciudad natal, después de un absurdo quiebre artificial. En las tardes solitarias, al volver de Valparaíso, (donde me desempeñaba en una antigua y discreta casa en la Avenida Alemania, con diez hombres a mi cargo), me refugiaba en el “Búcaro”, el acogedor bar de la calle Isidora, en mi situación de “soltería”.

Mientras me dirigía hacia allá, caminando un par de cuadras por Isidora, en una especie de desordenado fluir de la consciencia, interiormente reflexionaba sobre el recinto.

Ambiente placentero luz baja amarillenta que se desliza por las boisseries a la caoba estéticos contrastes vivos colores de los contenidos de las botellas de trago reflejados en las copas multiformes que cuelgan boca abajo del maderamen de la barra suaves tonos de las etiquetas el perímetro exterior vidriado enmarcado por horizontales bronces tubulares breves cortinas que se descuelgan a media altura frente a las ventanas semipolarizados del bar un lugar monacal como de introspección sí eso es era casi como un monasterio donde uno puede develar confidencias o expresar dolorosas verdades como considerando que es el momento o la ocasión propicia para tratar los pequeños o grandes asuntos varios que preocupan al hombre que ha bajado sus defensas bajo la luz tenue en medio el espacio-tiempo detenido como un amparo en el que no caben apresuramientos imputaciones o urgencias de pronto contra el muro figuran Bleriot, Mermoz, Guillaumet y Saint-Exupery y más allá más allá el viejo Lino Ventura que partió el 87 recios rostros galos dibujados a lápiz todos aún muertos adeudándanos un improbable retorno Pascale-Obra-Escultórica tal vez hubiese observado condescendiente que era como un bistrot en París… no no sé Pascale… juro que no sé esto no vale la pena mejor me lo quedo en la conciencia. Así razonaba en mi interior.

Otros ya habían llegado y se habían incorporado al grupo. Todos los presentes ejercían, según las circunstancias, de corredores de propiedades, corredores de frutos del país, corredores de seguros, corredores de comercio global, factores, representantes, distribuidores, mandatarios, brokers, lobistas, agentes, gestores, raiders, operadores, articuladores, titulares de sospechosas “opciones”…(¡Qué manga de diletantes!) dispersos a lo ancho del entorno social, esforzándose por parecer activos y vigentes, pero mimetizando, en realidad, a personajes retirados, a rentistas separados, de cómodos ingresos, hoy tal vez solitarios. Todos respetables y viejos luchadores, demasiado recorridos, tal vez con un pesado testimonio de vida a cuestas, como si hubiesen caído ya en todos los baches, pero remontado todas las pendientes y sobrevivido, encallecidos, encanecidos y curtidos. “Seguro que todos se odiaban”, hubiese dicho Mailer al mirar a esta audiencia. Norman, quiero decir. Opinión que hubiese sido, en este caso, antojadiza, arbitraria y gratuita.

Corría el mes de junio, pasadas las 20:00 hrs. de una tarde fría y gris. Como siempre, la conversación entre amigos y conocidos de bar fluyó sin tropiezos.

Mario sonrió aI verme entrar.

“Cómo vas Huaso”, lo saludé.

“Buenos días, su mercé – saludó- el gusto es suyo y diga no más en que me lo puedo servir.”

-“Cómo andan las cosas, Mario?

-“Mira, tengo a disposición (“tengo”, dijo, pero no eran de él y seguro no tenía ni mandato) diecinueve mil hectáreas al interior de San Clemente.

“Tú que eres joven, ármate un proyecto”, dijo, deslizando por la barra un delgado legajo y unos planos.

“Tal vez algo de especies nativas...”–recuerdo que Cacho aventuró, así como conocedor, mientras hojeaba un par de planos: “Conozco San Clemente al interior, claro”.

-“¡Es casi limítrofe! observó Fernández, -mientras le daba un sorbo a su vaso- y agregaba que “parecía medio tirado de las mechas.”

-“Tal vez el papá de la Pascale, que maneja sus lucas”, terció el Huaso, agregando, muy ocurrente: “le podís llevar los papeles, total, Beltrán, te vai esta otra semana”.

Imaginé enrarecidas precordilleras, distantes y peligrosas alturas, endurecidos peñones, riscos mortales, granito, acuchilladas aristas de piedra, negro suelo férreo… y cóndores, y uno que otro lomaje suave, muy extensos, eso sí, pues son campos muy grandes. (Qué estupidez …un proyecto… ahí… otro más…es… como pedalear en una bicicleta fija y, además, con la cadena colgando, eso es , incurriendo en infinidad de gastos a fondo perdido pero …bueno, uno de cada diez resulta).

Mario explicó, sin embargo, lo básico del asunto. Los demás encontraron el lugar…complicado.

-“¿Entre esos documentos, Mario –le dije, inquisitivo, para cortarle el asunto- tienes algún Poder?. Para saber de quienes estás hablando y para que actúes como interlocutor válido, pues Mario, dotado de algunas atribuciones, a lo menos, para iniciar conversaciones con algún inversionista”.

Recordé a Jaime -el dueño del establecimiento- disparando por sorpresa de la cadera, parapetado detrás de la barra:

“No has traído a Pascale, Beltrán, no la veo hace tanto tiempo. Sigues en Valparaíso?”

“Sí, claro, voy y vengo, es que tengo que despachar una pega contundente. Está en París –agregué. Me voy la próxima semana, a buscarla.

Así dije en aquél entonces, pero el sentido de “buscarla” significaba en el fondo intentar recuperarla a todo trance, de cualquier modo, despues que el Mando había decidido, hacía un año ya, trasbordarm inmediatamente, despues de 15 años servidos en Francia en la Base de París, que yo dirigía, a Valparaíso. Recordé lo dicho por Miller: “ ¿Te repito Beltrán lo que me ladró el Amirante, de dedo parado?: “¡QUIERO A CASANOVA AQUÍ AHORA YA! EN 48 HORAS.” Y tú bien sabes que 48 horas son 48 horas, no 49.”

Había quedado claro que no podía rehusar. Y así había transcurrido velozmente el año completo de obligada y solitaria estancia entre Santiago y Valparaíso, y resolví -cumplida la misión encomendada, salvado el honor y el deber, pero Pascale al parecer perdida – resolví, digo-retirarme y partir en su búsqueda. La decisión coincidía con la petición anual de “Cargoworld”, de desplazarme a su matriz, en uno de varios cargueros, entregando en Valpo el cargo a mi sucesor, quien continuaría las especiales labores paralelas en que yo me había encontrado empeñado discretamente.

Mario -para no soltar de repente el empeño- había retomado el diálogo y, contestándome la pregunta, había manifestado:_

-“Me lo enviarán y ahí te comento. Te llamo”- dijo. Y cambió de tema.

Ahí naufragó el “proyecto”, pensé. Mejor así.

Ese maldito afán, tan usual -me comentó Bonifacio en voz baja, hacia el lado- de ofrecer primero, la cosa, el negocio, la inversión o el business, circulando con una serie de papeles atingentes para mostrar y explayarse sobre los basics, y en caso de un principio de enganche, volar a conseguir recién el encargo y un poder simple no exclusivo, manera absurda y amateur que vulnera las confianzas, enerva las decisiones, y emponzoña los negocios. Mario, “El Huaso”, gran amigo, de verdad, era un perfecto raider. La última vez me había clavado con una posibilidad de compra del Palacio Duhau, en la capital vecina, donde los supuestos “inversionistas”, tipos no fiables, se habían retractado.

De modo que, a mi requerimiento, como era habitual, Cargoworld me despachó un voucher y, unos días después, en un vuelo nocturno non stop SCL-Luxemburgo, su aeropuerto de término, partí, sin más, después de renunciar, terminada la labor ordenada. Llegado a destino, tomaría el primer tren a Paris y le contaría todo, libre ya del secretismo férreamente sostenido durante tanto tiempo.

Le había remitido numerosas cartas, que nunca respondió. En la última le decía “Entonces, díme Pascale, escúchame, me conoces como nadie y tienes que entender que debe ser por alguna razón profunda que he partido..., que algo tuve que afrontar para proceder así y alejarme hecho un demente de tu vida; que alguna necesidad imperiosa o alguna OBLIGACIÓN INSALVABLE, incomprensible para tí, incompatible con lo nuestro, me llevó a perpetrar esa absurda locura en contra de nosotros mismos, y a cercenar, como con un preciso golpe de alfanje, nuestras vidas, lo que a mi vuelta te contaré y sé que me comprenderás:.

Lo del “alfanje” debe haber resultado un tanto cursi, pero eso fue y sé que, al encontrarla, me acogerá, como siempre fué.

II

Decidida ya la situación, programé mi salida.

“-Creo que usted vuela con nosotros...”, recuerdo que afirmó un administrativo de la compañía, que inusitadamente se me apersonó en el aeropuerto. Asentí. “Pase por el restaurant, si prefiere y después lo derivo al mesón de “Cargoworld”- me dijo.

En el familiar recinto los parroquianos parecen menos a tono que lo deseable para qué voy a andar con ridiculeces inflexión alta de la voz terminachos picantones fulanos despojados de sus chaquetas que cuelgan en los respaldos de las sillas algunos portan los aburridos celulares que depositan en las mesas sobre los manteles absurdo acto exhibicionista y carente de sentido pues también pueden continuar vaciando los bolsillos y depositando entonces todo en la mesa pero no…en realidad si reconsidero no es un acto carente en absoluto de sentido como primero pensé equivocadamente sino que más bien tiene un sentido como… tirillento. Pascale no hubiese comprendido ni el estúpido dialecto ni las actitudes que adoptaban los viajeros nacionales.

Dos mesas más allá –rememoraba con disgusto- un fulano despachaba con aire de apariencia importante un llamado cualquiera, pero no extrayendo con naturalidad y sencillez el aparato sacado de la funda sino, más bien, como DESENVAINÁNDOLO, amenazante, como una espada corta romana, a vista y paciencia, el codo hacia arriba apuntando con fingida indiferencia en dirección a las mesas vecinas, entre las que se desplazaba, pues el sentido es confirmar que te observan, Chile líder en telefonía celular, mientras su compadre –se trataban de “ compadres”- exploraba el lugar e indagaba el efecto que producía el “notable” desempeño del atorrante.

Les confieso que yo era un tipo a veces intolerante, he llegado a creerlo, pues así me lo han señalado, riguroso en la crítica, un tanto desapasible, de pronto algo cáustico o sarcástico, pero siempre con razón y cuando las circunstancias lo justificaban; pues se repetían situaciones, estados, hechos, conceptos, figuras, cosas –qué sé yo- que no me eran imputables y que eran irracionales, impertinentes, abominables o insufribles y no los podía tragar, pero tampoco dejarlos correr. Entonces, día tras día, la intolerancia de mi percepción proseguía de igual manera. Pero no es que yo esperara un comportamiento, un proceder a toda prueba. Era sólo echar mano de un mínimo de sentido común, de ubicación en los temas, en los ambientes, algo de cortesía, de urbanidad, como de derecho natural, en vez de actitudes que no tenían fundamento o razón de ser, que desentonaban, no sé, el escenario no me cuadraba.

¡Y no se me diga que soy mordaz o sarcástico! Por poner un ejemplo cualquiera –si era cosa de mirar, escuchar y fijarse-, las sillas del restaurant, en vez de ser levantadas, eran arrastradas por el piso, generando un desagradable ruido sordo como de aserradero centenario y decrépito, ¿por qué? apotingándose en ellas los hombres primero, sin antes ofrecerlas a una mujer y, más encima, con la gamba sobre la rodilla, con la suela de la chancleta a milímetros de Ias delicadas polleras de ellas. Recuerdo que, de igual forma, lo había perpetrado una vez, un politicastro mediocre que hasta a la Presidencia se candidateó, en contra de la señora Leonor, si salió en la televisión, en un “evento” cívico en que estaba hasta un ex -Presidente, hacía unos años. ¡Había sido un acto grosero!

“El Piojo”, amigo y viajero frecuente, en el inventario del aeropuerto, en una mesa de más al fondo se mantenía impertérrito de chaqueta puesta mientras trataba un apetitoso pollo grillé y, ajeno al entorno y a la falta de aire acondicionado, descompuesto esa tarde, se defendía con su aire de marqués, (que había lucido desde el primer año de la Universidad). Tan ensimismado estaba y yo en tan precaria espera, que opté por dejarlo. Lo lamenté poco después, cuando, a poco andar, se lo llevó el Señor. Se veía venir. Me dí cuenta cuando fuí, pocos días antes, al “Club Ecuestre” y al invitarlo a que me acompañara a un galopito por los cerros circundantes, se disculpó diciendo que “estaba un poco descarnado de poto como para la montura inglesa” y que ya no montaba, lo que me causó honda impresión.

Sí. Fué más o menos así...Los episodios saltaron y empujaron los recuerdos. Y los traje a mi mente mientras aguardaba impaciente la hora del despegue, a las 2.200, para ir en su busca. Pero nada resulta fácil: me esperaba molesto incordio antes del embarque.

Fundación Nueva Mente