Conversaciones en el bar. Por Sergio Rodriguez Bordalí

Amigos, les cuento que una tarde, después de dejar a Pascale, mi amiga francesa, recordé la noche brumosa en el bar de la calle Isidora, a fines de ese pasado mes de mayo. Al retornar a mi departamento no pude dejar de volver sobre las imágenes que entre los contertulios se habían desatado con elocuencia, sobre el combate de Punta Gruesa, en 1879.

Imaginé que Condell, después del traumático entrevero, aún rememoraría lo acontecido ese mediodía de mayo. Pensé que, desde la distancia, habría observado atónito lo que acontecía a unas pocas millas más al norte, en la rada del puerto de Iquique, lo que auguraba una derrota inminente de Arturo, su compañero, encontrándose él imposibilitado de intervenir en forma alguna, de acudir en su ayuda, sin vapor suficiente, con armamento liviano, un buque de poquísimo tonelaje; y debió haber aceptado lo que también a él se le vendría encima, de manera fatal.

Seguro que volverían a su memoria -así pensé- las largas horas de navegación pasadas en su camarote de Comandante de la modesta nave, estudiando la carta náutica del lugar, al Sur y al Norte de Iquique, con toda la información posible contenida en ella, los vericuetos de la costa, el fondo y su profundidad, los farellones, los promontorios, las salientes, los roqueríos del litoral, las mareas, las corrientes y los vientos imperantes y, al divisar ese día la tragedia que más allá ocurría y que, amenazante, caería también sobre su propia “Covadonga”, había optado por enfilar al Sur, pegado a la costa, tanto como su calado se lo permitiera, instando por que la “Independencia”, hermoso y Ietal blindado peruano, se diera a su persecución siguiéndole la estela. Había impartido las órdenes pertinentes disponiéndose a atraer al enemigo a los bajíos de la costa, navegando ya casi sin fondo, al extremo de que su propia quilla rasguñaba Ias elevaciones del fondo del mar.

Como recordarán -le señalé al grupo del bar- el imprudente buque adversario, sin advertir la maniobra y envalentonado en la persecución, había encallado en los bajos de la costa, escorándose hacia la banda de babor, quedando varado y detenido y a merced del nutrido fuego de artillería y fusilería de los marinos de la “Covadonga”, lo que había obligado al buque adversario a arriar su bandera, perdiéndose en el combate.

Recuerdo que alguien, Cirilo, tal vez, aún medio escéptico, se había animado:

“Yo pienso que el Comandante Condell seguro que apenas podría creer lo que sus ojos veían y su imaginación debe haber corrido veloz adivinando la suerte futura de la guerra –me pongo en el lugar de él- con la flota adversaria que ÉL y su gente habían reducido A MENOS DE LA MITAD, si consideraba que la velocidad, blindaje, armamento y tonelaje que desplazaba el blindado vencido superaba ampliamente el del monitor, como máquina de guerra.

El “Huaso”, acoderado en la barra, se adelantó y señaló: “Y, además, con la clara expectativa de que el blindado cayera también, más temprano que tarde, en nuestras garras, cómo aconteció pocos meses después, en octubre del mismo año,” vaticinando que el Pacífico sería nuestro y que, en consecuencia, la guerra...SE GANARÍA.

“Del mismo modo -agregó el Tato casi textualmente- seguro habría pensado, sin comprender, que por qué Arturo, citado a Valparaíso por el Almirante Williams Rebolledo, antes de zarpar hacia el fatídico bloqueo, preguntado por éste qué actitud adoptaría si el monitor adversario lo atacaba al espolón, había respondido con decisión y firmeza: “Lo abordo”;. “Exacto”, había dicho el Almirante”. “Este hecho – agregó dubitativo - creo haberlo leído en algún texto, no sé si es real o ficticio”. Pero la intención manifestada no se había llevado a cabo al parecer conforme a los manuales y, en consecuencia, había fallado.

Ya nadie interrumpía.

“Condell seguro pensaría, durante el resto de su vida -proseguí yo- , que si Arturo contaba con una tripulación de unos 200 marinos indómitos, tipos duros, corajudos, decididos, dispuestos a enfrentar lo que fuere, diestros en el manejo del cuchillo, del corvo y del machete y de la pelea cuerpo a cuerpo, por qué no se había practicado, con unos 30 o 40 hombres, durante toda la lenta navegación hasta Iquique y durante Ios días del bloqueo, la maniobra completa de abordaje, hasta la saciedad, hasta la perfección, mediante interminables repeticiones de entrenamiento inhumano –como Nelson en Trafalgar- en cuanto a lo que cada uno debía ejecutar, qué armamento portar, desde dónde saltar, en qué lugar preciso de la cubierta invadida debían poner pie y abordar, después de lanzar gruesos garfios enganchando la borda del adversario para impedir la separación de los buques y, ya sobre ella, qué debía cada cual hacer, en cuántas unidades, en cuántas escuadras, en pequeños pelotones de pintarrajeados grupos letales de asalto, desplazándose de manera veloz zigzagueando agachados, midiendo Ios tiempos, copándolo todo, buscando una garganta. Total, ya se había hecho en los fuertes y en la toma de Valdivia, sesenta años

antes.”

“Tienes mucha razón” – señaló Mario. “Así, llegada la hora, los marinos del escalón de abordaje, habrían podido estar aguardando con la mirada alerta y fija en dirección a su Comandante encaramado sobre unos restos de maderos, la espada en alto enarbolando como señal un paño rojo ensartado al extremo del filo, todo antes aprendido y ensayado mil veces, impartiendo al fin la orden suprema, pero no con una orden verbal, sino que con un mudo y simple pero brutal y dramático gesto del brazo, dirigiendo con decisión y gallardía su acero en dirección al adversario, siendo seguido así por sus hombres, con probabilidades casi ciertas de tomar el buque enemigo por asalto, con un costo que, de fracasar, en definitiva pagaría… igualmente.”

“Arturo podía y debía pensar algo que era más que evidente –había proseguido el “Curco” con el rostro enrojecido de rabia y empleando un tono fuerte y alto. Claro pues -continuó- ya que gritar una orden tal, una orden perentoria de ese tonelaje, de ese calibre, referida a una maniobra de esa entidad, de tal contundencia, que implicaría perentoriamente la alternativa de vivir o morir, pero vociferarla en medio de los alaridos de muerte de Ios heridos, de las cuadernas crujiendo, de la cabuyería cayendo por todos lados, de los mástiles quebrados, los masteleros rebotando, derrumbándose todo como un bosque nativo condenado a la sierra, la vista de la horrenda escena enturbiada por miles de restos de maderamen y paño rasgado, esparcidos por el aire, más la artillería bramando y el mar resonando bajo la quilla, iba a resultar imposible que alguien pudiese escuchar o percibir o siquiera ver o, a lo menos, advertir que la orden suprema de “abordaje”; había sido ya impartida, por lo que sus aguerridos marinos podrían, tal vez, no escucharlo y, en consecuencia, no seguirlo, como en definitiva había ocurrido.”

Recuerdo que se produjo un silencio pesado y la reunión llegó a su término. Quedaba claro que lo dicho parecía socialmente atrozmente incorrecto, pero militarmente… No tengo más que decir a estos respectos.

Fundación Nueva Mente