China: del comunismo a potencia mundial. Por Jorge Abasolo

EN EL PRECISO momento en que China optó por privatizar una parte de la Muralla china y vigorizar el turismo, las autoridades –a contrapelo- estaban admitiendo las bondades del sistema liberal, ese mismo que Mao combatió con saña digna de mejor causa.

China es un país demasiado poblado. Tanto así, que si los chinos saltaran todos al mismo tiempo, la Tierra temblaría. (¡SIC!)

Es más. Si los chinos desfilaran de cuatro en fondo, nunca dejarían de pasar frente a nosotros (recuerde que la Tierra es redonda).

Para algunos, China ya es la primera potencia del planeta, desplazando a los Estados Unidos.

¿Es ello mito o realidad?

Para dirimir el acertijo, hay que partir por reconocer que en China cohabitan “dos países”: una China real y una China mítica. La segunda a ratos eclipsa a la primera.

Desde los pioneros jesuitas del siglo XVII, pasando por los filósofos de la Ilustración, hasta nuestros hombres de negocios contemporáneos, los viajeros occidentales no pararon en su afán de idealizar China y de imaginar a los chinos como personas esencialmente diferentes.

LA CHINA REAL

Hace poco, el Fondo Monetario Internacional (FMI) anunció que sobre la base a estimaciones de la paridad de poder adquisitivo (PPP), el Producto Interno Bruto (PIB) de China sería en 2019 superior al de Estados Unidos.

Paradojalmente, un economista de prestigio internacional en China (Mao Yushi) declara que estas estimaciones “no están ni cerca”, y cierta prensa no dependiente del comunismo imperante allí, agrega que “aunque la economía de China ha sido considerada por algunos como la número uno, el PIB per cápita de China está a casi 50 años atrás del PIB de Estados Unidos. Precisando las cosas, huelga decir que el cálculo del PIB (producto interno bruto) también llamado PBI (producto bruto interno), no equivale a poder económico. Veamos las razones:

1) Aunque el PBI total es alto, el PBI per cápita es bajo.

2) La desigualdad entre ricos y pobres es excesiva, lo que causa una polarización de los patrones de consumo de hogares y afecta negativamente la demanda interna, una fuerza principal para estimular el desarrollo económico de un país.

3) Los recursos naturales son la base primaria para apoyar el desarrollo sustentable de un país, pero China depende mayormente de fuentes externas.

En China hay 200 millones de pobres que viven con US$ 1 al día y 468 millones que viven con menos de US$ 2 al día.

En el año 2016, un Informe del FMI señaló que un total de 16 países tuvieron un PBI superior a US$ un billón. Estados Unidos tuvo un PBI de US$ 16, 9 billones, que lo colocó en el primer lugar. China tuvo más de 9 billones y quedó con la medalla de plata (segundo lugar), bastante lejos del tercer lugar ocupado por Japón, con un PIB de US$ 5,9 billones.

Sin embargo, al calcular el PBI per cápita, Estados Unidos ocupa el 11° lugar con US$ 51.248 por persona, y China quedó en el puesto 86, con US$ 6.629.

Por consiguiente, el PBI no puede demostrar el poder económico de China, y el PBI per cápita tampoco puede demostrar el ingreso promedio de la gran mayoría de los chinos, ya que la riqueza china está demasiado concentrada en unos pocos privilegiados.

El mentado Informe indicó también que ese año 2016 el coeficiente de Gini (medida estadística en la que cero representa la igualdad absoluta y uno representa la desigualdad total), del patrimonio neto en los hogares chinos llega a 0,73.

Las familias en el 1% superior son propietarias de más de 1/3 de los activos de China, mientras que los hogares en el 25% más bajo suman alrededor del 1% del patrimonio total del país.

Y como más convencen cifras que argumentos, admitamos que en China existe una realidad cruel. En un extremo los multimillonarios están en el 2° lugar en el mundo, mientras que en el otro extremo, en China hay 200 millones de pobres que viven con UN DÓLAR AL DIA y 468 millones que viven con menos de DOS DOLARES DIARIOS.

Un Informe de la Universidad de Beijing divide los patrones de consumo chinos en cinco categorías: el tipo pobre y enfermo, el tipo hormiga, el tipo caracol, el tipo estable y seguro y el tipo hedonista.

Dada la distribución en China, podemos colegir que la gran mayoría de las familias chinas pertenecen a las que limitan el consumo (el tipo hormiga) o tienen grandes dificultades económicas debido a tratamientos médicos, educación o vivienda (el tipo caracol y el tipo pobre y enfermo).

Por otro lado, hay unas pocas familias que viven en la abundancia (el tipo hedonista). Hay una diferencia sideral entre los niveles de consumo de la ciudad y el campo. Las zonas rurales tienen mayoría de hogares del tipo pobre y enfermo, en contraste con las ciudades, que tienen más del tipo hedonista y del tipo estable y seguro.

Finalmente, no puedo dejar de hacer mención al hecho que los ricos en China utilizan cuentas de tarjetas de crédito, instituciones bancarias offshore e inversiones extranjeras para transferir su capital al extranjero, lo que torna completamente inútil a las restricciones para la compra de divisas.

EN SINTESIS…

A despecho de todo lo aquí escrito, no se puede negar que China hoy por hoy ES potencia mundial, aún lastrada por años de comunismo estéril, eficaz en cuanto a consignas, pero que dejó al país por demasiados años en estado de estagnación. Lo admite el propio Mao Yushi, economista independiente, ferviente admirador de la verdad, fundador del único instituto de investigaciones de Pekín no vinculado al Partido Comunista. Su argumentación es sólida, enjundiosa, y posee la edad suficiente como para asumir con indiferencia el hostigamiento de la policía china. Mao Yushi no oculta su preferencia por la economía liberal, porque asegura que no existe otra que sea tan eficaz.

Mientras termino esta columna, no dejo de preguntarme: ¿y si Mao Tse Tung en lo económico, hubiese puesto en práctica el sistema liberal al momento de asumir el poder, manteniendo en lo político el modelo comunista, dónde estaría China hoy?

¿Demasiado lejos ocupando el primer lugar como potencia mundial? ¿Para bien o para mal?

Jorge Abasolo.

Fundación Nueva Mente